Del querer al no querer
Dicen los expertos que los grandes amores sólo duran cinco años. Que a los cuatro llega la crisis profunda y luego se rompen. También dicen que el remedio del olvido, muchas veces dura toda la vida, recordando la dicha perdida. Pero lo normal es que al año y medio se cicatricen las heridas de los amores muertos. Los primeros meses son una pesadilla de no dormir, de añorar los momentos felices, del miedo a la soledad, de no encontrar a nadie capaz de llenar el vacío del ser querido, del miedo a empezar un camino nuevo por temor a otro desengaño. Y así van pasando los días interminables de constante obsesión. Luego, cuando ya te haces a la idea de la renuncia, llega una etapa de resignación y escepticismo. Hasta que una mañana descubres que han pasado dos días sin acordarte, y deja de obsesionarte la pesadilla del amor que se fue para siempre. Y te haces a la idea del borrón y cuenta nueva: «Del querer al no querer hay un camino muy largo/ todos tenemos que andarlo sin saber cómo ni cuándo». O eso otro de: «¿Por qué volvéis a la memoria mía/ tristes recuerdos del amor perdido/ a aumentar la ansiedad y la agonía/ de este desierto corazón herido». En este largo tiempo del olvido puede llegar la sorpresa de las recaídas: «Al revolver de una esquina se volvieron a encontrar/ y como dos criaturas se pusieron a llorar/ ¡El amor no tiene cura!»... Y como dicen los médicos que las recaídas son mortales, muchas veces estos reencuentros deseados y milagrosos son la salvación de la pareja, para no volver al martirio del «quiero y no quiero querer y estoy sin querer queriendo a quien no queriendo quiero»... Hay otro capítulo dramático de los estragos de una convivencia difícil que a veces entierra un gran amor por mentalidades incompatibles: «Ni contigo ni sin ti/ tienen remedio mis males/ Ayer penaba por verte y hoy peno porque te vi»... Lo malo es el olvido, cuando ya no queden ni cenizas de las llamas de aquel amor: «Agua del desengaño, puente del olvido/ Ya casi ni me acuerdo que te he querido/ Puente del olvido ¡Qué dolor olvidarse de haber querido!». Y así vamos dando tumbos por la vida, hasta que la sabia condición humana llega a ese momento en que cambias la lujuria por la gula, aunque no es lo mismo echar un polvo que una mariscada. Pero te consuelas porque el sabor de la almeja es muy parecido. (Perdona lector por acabar un artículo romántico con esta grosería). Aunque bien mirado, la almeja es una gloriosa exquisitez.


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