En las capeas los novillos se van sin torear
Son las famosas fiestas de verano en el pueblo de El Bodón, pegadito a Ciudad Rodrigo. El sábado salieron cuatro hermosos erales de la ganadería de Aldialba. No se presentó ningún novillero para hincharse a torear con ganado tan aparente para el lucimiento. El domingo otros cuatro novillos de la misma ganadería. Del medio centenar de aspirantes a toreros de la Escuela de Tauromaquia de Salamanca, nadie se presentó en el ruedo para aprovechar tan magnífica oportunidad y aprender el oficio. A los ocho los toreó Conrado, con sus 75 años amparado por el veterano novillero ‘El Duende’ que ejercía como director de la capea. Unos días antes en la localidad fronteriza de La Aligiosa saltaron al ruedo cuatro toros de Chopera y otros cuatro de una ganadería portuguesa. Otra vez fue Conrado el único que le dio muletazos. En las dos ocasiones echó ‘el guante’ a la antigua usanza, sacando unos diez mil duros en calderilla de euros. Ni un solo aspirante a torero apareció tampoco. Ni en los dos pueblos citados ni en todos los que se celebran capeas en agosto a los dos lados de la frontera. Mientras tanto, cientos de falsos novilleros explotan a un padrino o arruinan a sus padres pagando dinero por montar novilladas, ¿cómo van a ser toreros si no quieren aprender el oficio? Toda la vida la auténtica escuela de los toreros fueron las capeas. Pero de una manera mucho más dramática que ahora, porque los toros y las vacas habían sido ya toreados varias veces. Conrado es el único superviviente de aquella legión de maletillas que dormían en los pajares y los días que no había fiesta sobrevivían robando uvas, higos y melones. Salvo unos cuantos privilegiados que pasaban de los tentaderos a torear novilladas y festivales, la gran masa de profesionales del toreo han pasado por el calvario de las capeas. Por estas plazas de Castilla, cuando se cerraban con carros, he visto a Bonifacio Fresnillo ‘Varelito Chico’ que toreó con Manolete en la vieja plaza de Tetuán de las Victorias, enfrentarse a toracos astifinos o a vacas machorras resabiadas y cuando llegaban los momentos de peligro y buscaban refugio en las ruedas del carro los lugareños les daban palos en las manos y los llamaban cobardes. En el pajar de mi casa durmió Marcos de Celis en las capeas de Nuestra Señora y luego fue un gran torero. Es una vergüenza que los novilleretes de ahora no tengan la mínima vocación para torear en El Bodón los ocho novillos de Aldialba, ganadería modesta pero tan escrupulosamente seleccionada que casi todos los novillos se dejan torear con nobleza y entrega. Hace meses os contaba el caso de un novillero madrileño que pidió a un ganadero de Buenamadre unas vacas cuatreñas para entrenarse a fondo para su presentación con picadores. Y las tuvieron que soltar porque no se atrevió a salir del burladero. Luego nos extraña que el escalafón esté lleno de falsos matadores, sin afición y sin oficio. La gloria y el dinero no se pueden ganar sin riesgo ni conocimientos de la lidia. La teoría de las escuelas, el toreo de salón y las novilladitas amañadas no sirven de nada si el aspirante a torero no pasa por el sacrificio y el valor de vencer al peligro. La crueldad de las capeas ya pasó a la historia. Los novillos de capea de los pueblos salen vírgenes, sin haber visto jamás a una muleta y a un torero. Y estos toreritos de papel ni siquiera se molestan en aprovechar esas oportunidades para aprender los recursos de la lidia. por eso ahora los ganaderos tienen que criar toros tontorrones, mansotes y flojos para estos falsos toreros sin profesión ni oficio, y cuando surge alguna dificultad se los mandan matar a los picadores. Una vez, por confusión del vaquero, salió una vaca toreada. Le tocaba a Manzanares y al notar que hacía extraños, tiró el capote y se metió en el burladero. Me dijo que jamás se había enfrentado a una vaca toreada, ¡ni pensaba hacerlo! Todos sabemos que antes de empezar la temporada los grandes toreros le pedían al ganadero que le encerrara ocho o diez vacas viejas de retienta. Una vez Joselito (el auténtico) pasó apuros con un toro de Benjumea y antes de torear la corrida siguiente se fue a la finca y estuvo dos días lidiando vacas toreadas, porque tenía tanta soberbia que no quería enfrentarse a ningún toro sin saber que podía dominarlo por malo que fuera. Los novilleritos de ahora pagan por torear. Las escuelas taurinas en las novilladas televisadas escogen novillos gachos y casi siempre afeitados. ¿Cómo van a aprender a ser toreros?


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